Aunque la actual cultura del intercambio tiene su origen en Internet, se ha trasladado también al mundo de los objetos físicos, recuperando algo que en realidad no es nuevo, como el hecho de poseer cosas de forma comunitaria.
Ligado a esta tendencia, se extiende un estilo de vida colaborativo, con sistemas de intercambio independientes del dinero.
Mientras los gobiernos español y estadounidense están poniendo en marcha medidas legales más duras para perseguir el intercambio de contenidos p2p en Internet, en Suecia, la cultura de compartir se ha convertido en una religión. No es una forma de hablar, a finales de diciembre, y tras litigios legales, se fundó la iglesia Missionary Chursh of Kopimism, con cerca de tres mil seguidores, que consideran el copiar, compartir y remezclar como actos sagrados e incluso han adoptado los comandos CTRL+C y CTRL+V como símbolos. No deja de ser un hecho anecdótico pero tampoco es casualidad que este movimiento surja en el país con el porcentaje más alto de usuarios de Internet (90% de la población) y donde se fundó el primer Partido Pirata en 2006, que consiguió dos escaños en el Parlamento Europeo.
Compartir un álbum de música o una película sin tenerla realmente se ha convertido en algo habitual, y está haciendo más fácil cambiar los hábitos y hacer lo mismo con objetos. Es el consumo colaborativo del que habla Rachel Botsman en su libro What’s mine is yours: the rise of collaborative consumption. Se trata de poseer de forma comunitaria objetos que realmente no necesitamos tener todo el tiempo, como una caja de herramientas o una enceradora, sin ir más lejos. Bajo esta idea han surgido muchos espacios en Internet, algunos en forma de ideas empresariales, para facilitar el alquiler, intercambio o la donación de objetos. Además del consumo social de cosas físicas, Botsman habla también de un estilo de vida colaborativo que está emergiendo. Dentro están nuevos hábitos como el compartir oficina mediante el coworking, viajar con couchsurfing o participar en redes de colaboración mutua, como los bancos del tiempo.
David Boyle, a través de la agencia de innovación británica NESTA publicó recientemente el informe More than Money, un estudio que recoge diferentes tipos de intercambio, tanto sociales como económicos, donde no hay dinero de por medio. Los bancos del tiempo es el ejemplo más conocido y también más consolidado, que se basa en intercambiar horas y habilidades propias. Este tipo de iniciativas, tal y como destaca Boyle, generan varios beneficios comunes: mejoran el bienestar de quienes participan, se crean conexiones sociales y favorecen la inclusión social de personas en riesgo de marginación.
Tal y como explica David Boyle, con la ley de escasez del mercado tradicional hay gente que no puede acceder a recursos que sí podrían estar a su alcance si pudieran usar otro valor diferente al dinero. En Brasil, por ejemplo, se puso en marcha un programa que convertía la basura en moneda. La iniciativa consiste en dar lotes de comida fresca local a las personas de barrios muy pobres a cambio de que recojan y lleven los residuos a los centros de reciclaje. En estos espacios se emplea a gente con problemas de inserción social, con lo cual se amplía el círculo de beneficios: la ciudad está más limpia, se consigue reducir la huella ecológica y se impulsa el trabajo a nivel local.
Fuentes:E+innova

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